No se cuando ocurrió, pero se que es mi historia, mi vida y mi realidad... Simplemente todo esto pasó y voy a relatar como recuerdo todo.
Tenía alrededor de unos trece años, y empecé a darme cuenta de que algo me ocurría, no sabía que era, pero lo sentía dentro de mi.
En aquel momento de mi vida me quedé huérfano, mis padres fueron asesinados por mercenarios, por suerte mi madre pudo esconderme bajo el piso de la pequeña sala de nuestra casa, donde había una trampilla en la que guardábamos nuestros enseres mas preciados. Me dio unas breves instrucciones:
- Hijo, no hables, no llores, no hagas ningún ruido, debes permanecer en silencio pase lo que pase. No deben descubrirte. Eres alguien muy especial y nadie debe saber quien eres realmente. Recuerda siempre que a pesar de lo que pase, tu padre y yo siempre te vamos a cuidar estemos donde estemos. Cuando todo haya pasado, y nosotros ya no estemos contigo, quiero que leas esta carta. No lo hagas antes.
Mi madre me dio un beso en la frente y me abrazó tan fuerte que por un instante creí que perdería la consciencia.
Permanecí inmóvil, escuché gritos, llantos, golpes, palabras grotescas... tuve miedo, necesitaba llorar, pero no lo hice, seguí las instrucciones de mi madre, hubo un momento en el que tuve que tapar mi boca con las manos, ya que sentí caer por mi cabeza un líquido caliente que poco a poco iba enfriándose; lo toqué y lo miré, era la sangre de mi madre, alcé la vista y allí estaba ella, yacía justo en la trampilla, y su sangre no dejaba de brotar y caer por las rendijas de mi escondite. Necesitaba llorar, gritar, salir de allí y vengarme de todos aquellos bárbaros que habían matado a mi familia. Pero allí me quedé, en silencio...
Pasaron dos días más y yo seguía en aquel agujero. Escuché atento, por si había alguien que estuviese vigilando, pasaron los minutos, realmente no se cuantos fueron, pero no escuché nada en absoluto, así que decidí salir de mi escondite. Levanté la trampilla con fuerza y salí. Lo que vi me desgarró el alma, mi madre yacía en un enorme charco de sangre, tenía el cuello cercenado y varias marcas en los brazos, como si hubiera estado luchando hasta su último aliento. Me arrodillé al lado de su cuerpo inerte y lloré su pérdida. Cuando me quedé sin lágrimas, me levanté y busqué el arco y el carcaj con las flechas de mi padre, junto con todo ello había también una pequeña daga con la que mi padre remataba a los zorros que cazaba para alimentarnos y utilizar el pelaje para hacernos algo de ropa para el invierno.
Cuando lo tuve todo, salí de allí y me alejé lo más que pude, me adentré en el bosque y me refugié en una pequeña cueva que conocía de hacía tiempo. Allí saqué la carta que me había entregado mi madre y empecé a leer:
Hijo mio
Cuando leas esta carta, yo ya no estaré a tu lado, pero siempre estaré cuidando de ti, esté donde esté.
Quiero que sepas que aunque me haya ido, tú debes seguir tu camino, ser un buen muchacho y siempre ser alguien digno de merecer la gratitud de todo el que te conozca.
Tú naciste con un don que nadie conoce, ni siquiera tú mismo. Ahora debes buscar a alguien que te ayudará con ese don y te enseñe todo lo que tienes que saber para avanzar. Debes buscar en tierras lejanas, en un gran imperio alejado de los humanos, busca un lugar donde la Luz y la Oscuridad formen uno, donde aliados de distintas razas no humanas se apoyen. Aquel lugar tiene el nombre de Guardianes de la Luz. Allí encontrarás a una mujer, cuyo nombre es Gemini, ella sabe quien eres y cuidará de ti, así como yo lo he hecho hasta hoy, ella será una madre para ti.
Búscala, ella te está esperando. Se fuerte mi niño, no pienses en que ya no estaremos contigo, recuerda que siempre seremos parte de ti...
Te quiero
KSW
Lloré como jamás antes lo había hecho, pero yo sabía que debía seguir mi camino y encontrar a aquella mujer.
Pasé los días siguientes soñando cosas que no entendía, y que me costaba creer. Hasta que una noche, cuando la luna se encontraba en lo alto del cielo formando un perfecto arco, mi cuerpo empezó a encogerse de dolor, era tanto el que sentía que tuve que gritar y retorcerme como si la muerte estuviera abrazándome, el sudor empapaba toda mi piel y las lágrimas me caían recorriendo las mejillas. Ya no recuerdo nada más. Solo se que me desperté y me sentí ligero, miré mis manos y todo parecía estar bien, hasta que miré más allá de mi ombligo y vi que mis piernas habían desaparecido, sustituyéndolas por patas de caballo, y no solo dos, sino cuatro y el perfecto lomo de un pura sangre blanco como la nieve y con una cola de un color dorado como la corona de un rey.
No sabía si todo aquello era real o simplemente estaba soñando. Intenté levantarme y tras varios intentos lo conseguí, empecé a caminar y sin darme cuenta estaba trotando como si de un salvaje corcel se tratara. Pasé varios días intentando dominar aquella nueva forma que había adoptado mi cuerpo, y cuando supe que estaba preparado para seguir, descansé durante toda una noche y apenas despuntó el alba me desperté para empezar el largo camino hacia aquel imperio.
Pero en aquel momento me di cuenta de que me había despertado siendo de nuevo humano. No entendía la razón de que hubiera cambiado, pero aún así me puse a caminar.
En todo el camino fui cambiando de forma aleatoriamente, supongo que se debía a que no controlaba aún todo eso. Pero no me impidió seguir adelante en mi búsqueda, al contrario, puse aún más empeño en encontrar a aquella mujer.
No se cuanto tiempo pasaría caminando, pero tal vez fueron unos meses cuando al fin encontré lo que buscaba desde que salí de la aldea donde vivía junto a mis padres.
Ante mi se alzaba una imponente estatua de un guerrero tallado en marfil, blandiendo una espada mientras la alzaba por encima de su cabeza y justo a su sombra un espectro tallado en basalto, arrodillado y pidiendo clemencia. Abajo de ésta había una inscripción en un idioma extraño que no conseguí descifrar.
Seguí caminando y topé con unas puertas enormes, de las que se necesitan al menos cinco hombres de cada lado para hacer que se abran. Dudé por un instante en si debía tocar al portón o marcharme de allí. Pensé en todo lo que había caminado, por todo lo que había pasado y recordé las palabras de mi madre en aquella carta, di un paso al frente, agarré la enorme aldaba de una de las puertas y con fuerza la golpeé contra la madera. Aquello produjo un sonido tan siniestro y hueco que el eco me hizo dar un salto del mismo susto.
Esperé unos minutos, pero no aparecía nadie, así que me di la vuelta y justo cuando me puse a caminar, aquella puerta empezó a rechinar. Me detuve y me di la vuelta, y allí, delante de mi había un hombre vestido de guerrero. Muy amablemente me preguntó:
- ¿Qué se le ofrece joven?
+ Vengo en busca de una mujer, a la que no conozco pero ella sabe de mi.
- ¿Cual es su nombre? Quizá pueda ayudarle.
+ Se hace llamar Gemini.
El hombre asintió, y me hizo un gesto para que me acercara a él.
- Ella se encuentra aquí, pero y usted joven, ¿cual es su nombre?
+ Me llamo Thorment, mi señor.
- Bien Thorment, si es tan amable de acompañarme, le llevaré con ella.
Asentí y seguí al hombre por aquel castillo, todo estaba en penumbra, escuchaba murmullos y risitas. Me sentía observado.
- No hagas caso, son las muchachas del imperio, sígueme ya casi llegamos. - Me dijo el hombre.
Seguí caminando tras él y cuando paró frente a una puerta, tocó tres veces, al momento apareció una mujer con el cabello dorado como el mismísimo sol y sin dejar de mirarme empezó a decir:
- Ya has llegado, te estaba esperando, bienvenido Thorment. Gracias por haberlo acompañado hasta aquí, a partir de ahora ya es cosa mía. - Le dijo a aquella mujer - Pasa muchacho, no te quedes ahí.
Me hizo un gesto para que entrara en aquella habitación. Empezó a mirarme de arriba abajo, mientras asentía.
- No creí que fueras rubio, te recordaba con el cabello del mismo color que el de tu madre, castaño oscuro.
+ Jamás fui rubio, mi señora. Fue la noche siguiente en que asesinaron a mi madre que cambié mi forma y mi cabello se aclaró.
- Entiendo, todo estaba escrito, así debía pasar. Bien, tienes que descansar muchacho, mañana será un largo día para ti.
+Disculpe mi señora, ¿de qué conocía vos a mi madre?
- Muchacho, tu madre fue quien me mantuvo a salvo de todas aquellas personas que querían terminar con mi vida, ella me ayudó mucho durante unos meses. Me dio un techo, me dio comida... Ella me salvó de una muerte segura, hasta que llegué aquí.
+ ¿Y yo que hago aquí? No entiendo nada.
- Demasiadas preguntas por hoy joven, te traeré algo de comer y podrás acostarte para descansar.
+ Gracias mi señora.
Realmente no entendía nada, y porque tanto misterio, ese día comí mucho, pues hacía días que apenas tenia nada para comer. Comí hasta quedarme dormido en una silla.
Me desperté con la primera luz del alba, Gemini ya estaba despierta, y leía muy concentrada, así que intenté no hacer ruido y me levanté.
- Buenos días joven, espero que hayas podido descansar. Hoy vas a saber todo lo que hace días te estás preguntando.
+ Buenos días mi señora, creí que no me escucharía, pues anda muy concentrada en ese libro.
- Yo siempre me entero de todo lo que pasa a mi alrededor, así esté haciendo otras cosas. Come algo, te sentará bien, después te llevaré ante el emperador.
Me dispuse a comer algo, pues aunque la noche anterior comí demasiado, me había despertado con hambre. Le pedí amablemente si podía bañarme, ya que me sentía sucio. La mujer mandó que me prepararan en baño y allí pude limpiar toda la suciedad que tenía. Me dio bastante apuro, ya que una muchacha joven fue quien había preparado el baño y no se retiró ni un instante. Aún así me bañe.
Al terminar, aquella muchacha me preparó unas ropas limpias, olían tan bien... Cuando terminé de vestirme, fui de nuevo junto a Gemini, que estaba esperándome para presentarme al emperador.
- Date prisa muchacho, no debemos hacer esperar más al emperador.
+ Sí, mi señora.
- Acompáñame joven.
Seguí a Gemini por todo el castillo, hasta la sala principal donde estaba el emperador. Gemini se sentó a su lado, haciendo una reverencia mientras el emperador asintió. Me sentía nervioso y confundido. Realmente no entendía que hacía yo allí. Y tampoco entendía por que la mujer que me atendió se sentó junto al emperador.
- Mi amor, te presento a nuestro nuevo hijo, Th0rment, apenas llegó ayer. Él también tiene un don, que debemos ayudarle a dominar.
~ Bienvenido muchacho, espero que seas parte de nuestra gran familia, yo, el emperador Hemiter y mi esposa, la emperatriz Gemini, deseamos que te sientas como en tu casa.
+ Gratitud mi señor. Vengo de muy lejos y quedé sin familia, pues mi madre me dejó una carta en la que me decía que debía llegar hasta aquí.
~ Espero que todo sea de tu agrado joven y que pronto te unas a nuestras filas de combate y vayas progresando con el arma y sobre todo con tu don.
Agaché la cabeza como símbolo de cordialidad y esperé a que me indicaran que debía hacer. Mientras mi cabeza empezaba a encajar las piezas de aquel extraño puzle, mis nuesvos padres eran los emperadores de aquel imperio, yo realmente no era humano, era mitad hombre, mitad caballo...
- Hijo, ahora conocerás a varios de tus hermanos y ellos te guiaran por el imperio para que conozcas cada rincón.
Al momento aparecieron dos jóvenes bien vestidos, el muchacho tenía unas alas enormes y brillantes de color blanquecino, y la muchacha dejaba entrever unas orejas puntiagudas.
~ Ellos son tus nuevos hermanos, Samael y Anahí, un ángel y una elfa. Ellos te ayudarán durante tus primeros días aquí, para que aprendas y conozcas a tus otros hermanos y demás familia.
Asentí nuevamente y mis nuevos hermanos me acompañaron fuera de la estancia.
En aquel momento empezó mi nueva vida, con mi nueva familia, y mi nuevo yo, un centauro. Poco a poco fui haciendo progresos para dominar mi don y poder cambiar cuando la ocasión lo requería.
A los pocos días se celebró mi juramento hacia el imperio y la familia. Y desde ese día hasta hoy, juré honor y lealtad al imperio Guardianes de la Luz.
Tenía alrededor de unos trece años, y empecé a darme cuenta de que algo me ocurría, no sabía que era, pero lo sentía dentro de mi.
En aquel momento de mi vida me quedé huérfano, mis padres fueron asesinados por mercenarios, por suerte mi madre pudo esconderme bajo el piso de la pequeña sala de nuestra casa, donde había una trampilla en la que guardábamos nuestros enseres mas preciados. Me dio unas breves instrucciones:
- Hijo, no hables, no llores, no hagas ningún ruido, debes permanecer en silencio pase lo que pase. No deben descubrirte. Eres alguien muy especial y nadie debe saber quien eres realmente. Recuerda siempre que a pesar de lo que pase, tu padre y yo siempre te vamos a cuidar estemos donde estemos. Cuando todo haya pasado, y nosotros ya no estemos contigo, quiero que leas esta carta. No lo hagas antes.
Mi madre me dio un beso en la frente y me abrazó tan fuerte que por un instante creí que perdería la consciencia.
Permanecí inmóvil, escuché gritos, llantos, golpes, palabras grotescas... tuve miedo, necesitaba llorar, pero no lo hice, seguí las instrucciones de mi madre, hubo un momento en el que tuve que tapar mi boca con las manos, ya que sentí caer por mi cabeza un líquido caliente que poco a poco iba enfriándose; lo toqué y lo miré, era la sangre de mi madre, alcé la vista y allí estaba ella, yacía justo en la trampilla, y su sangre no dejaba de brotar y caer por las rendijas de mi escondite. Necesitaba llorar, gritar, salir de allí y vengarme de todos aquellos bárbaros que habían matado a mi familia. Pero allí me quedé, en silencio...
Pasaron dos días más y yo seguía en aquel agujero. Escuché atento, por si había alguien que estuviese vigilando, pasaron los minutos, realmente no se cuantos fueron, pero no escuché nada en absoluto, así que decidí salir de mi escondite. Levanté la trampilla con fuerza y salí. Lo que vi me desgarró el alma, mi madre yacía en un enorme charco de sangre, tenía el cuello cercenado y varias marcas en los brazos, como si hubiera estado luchando hasta su último aliento. Me arrodillé al lado de su cuerpo inerte y lloré su pérdida. Cuando me quedé sin lágrimas, me levanté y busqué el arco y el carcaj con las flechas de mi padre, junto con todo ello había también una pequeña daga con la que mi padre remataba a los zorros que cazaba para alimentarnos y utilizar el pelaje para hacernos algo de ropa para el invierno.
Cuando lo tuve todo, salí de allí y me alejé lo más que pude, me adentré en el bosque y me refugié en una pequeña cueva que conocía de hacía tiempo. Allí saqué la carta que me había entregado mi madre y empecé a leer:
Hijo mio
Cuando leas esta carta, yo ya no estaré a tu lado, pero siempre estaré cuidando de ti, esté donde esté.
Quiero que sepas que aunque me haya ido, tú debes seguir tu camino, ser un buen muchacho y siempre ser alguien digno de merecer la gratitud de todo el que te conozca.
Tú naciste con un don que nadie conoce, ni siquiera tú mismo. Ahora debes buscar a alguien que te ayudará con ese don y te enseñe todo lo que tienes que saber para avanzar. Debes buscar en tierras lejanas, en un gran imperio alejado de los humanos, busca un lugar donde la Luz y la Oscuridad formen uno, donde aliados de distintas razas no humanas se apoyen. Aquel lugar tiene el nombre de Guardianes de la Luz. Allí encontrarás a una mujer, cuyo nombre es Gemini, ella sabe quien eres y cuidará de ti, así como yo lo he hecho hasta hoy, ella será una madre para ti.
Búscala, ella te está esperando. Se fuerte mi niño, no pienses en que ya no estaremos contigo, recuerda que siempre seremos parte de ti...
Te quiero
KSW
Lloré como jamás antes lo había hecho, pero yo sabía que debía seguir mi camino y encontrar a aquella mujer.
Pasé los días siguientes soñando cosas que no entendía, y que me costaba creer. Hasta que una noche, cuando la luna se encontraba en lo alto del cielo formando un perfecto arco, mi cuerpo empezó a encogerse de dolor, era tanto el que sentía que tuve que gritar y retorcerme como si la muerte estuviera abrazándome, el sudor empapaba toda mi piel y las lágrimas me caían recorriendo las mejillas. Ya no recuerdo nada más. Solo se que me desperté y me sentí ligero, miré mis manos y todo parecía estar bien, hasta que miré más allá de mi ombligo y vi que mis piernas habían desaparecido, sustituyéndolas por patas de caballo, y no solo dos, sino cuatro y el perfecto lomo de un pura sangre blanco como la nieve y con una cola de un color dorado como la corona de un rey.
No sabía si todo aquello era real o simplemente estaba soñando. Intenté levantarme y tras varios intentos lo conseguí, empecé a caminar y sin darme cuenta estaba trotando como si de un salvaje corcel se tratara. Pasé varios días intentando dominar aquella nueva forma que había adoptado mi cuerpo, y cuando supe que estaba preparado para seguir, descansé durante toda una noche y apenas despuntó el alba me desperté para empezar el largo camino hacia aquel imperio.Pero en aquel momento me di cuenta de que me había despertado siendo de nuevo humano. No entendía la razón de que hubiera cambiado, pero aún así me puse a caminar.
En todo el camino fui cambiando de forma aleatoriamente, supongo que se debía a que no controlaba aún todo eso. Pero no me impidió seguir adelante en mi búsqueda, al contrario, puse aún más empeño en encontrar a aquella mujer.
No se cuanto tiempo pasaría caminando, pero tal vez fueron unos meses cuando al fin encontré lo que buscaba desde que salí de la aldea donde vivía junto a mis padres.
Ante mi se alzaba una imponente estatua de un guerrero tallado en marfil, blandiendo una espada mientras la alzaba por encima de su cabeza y justo a su sombra un espectro tallado en basalto, arrodillado y pidiendo clemencia. Abajo de ésta había una inscripción en un idioma extraño que no conseguí descifrar.
Seguí caminando y topé con unas puertas enormes, de las que se necesitan al menos cinco hombres de cada lado para hacer que se abran. Dudé por un instante en si debía tocar al portón o marcharme de allí. Pensé en todo lo que había caminado, por todo lo que había pasado y recordé las palabras de mi madre en aquella carta, di un paso al frente, agarré la enorme aldaba de una de las puertas y con fuerza la golpeé contra la madera. Aquello produjo un sonido tan siniestro y hueco que el eco me hizo dar un salto del mismo susto.
Esperé unos minutos, pero no aparecía nadie, así que me di la vuelta y justo cuando me puse a caminar, aquella puerta empezó a rechinar. Me detuve y me di la vuelta, y allí, delante de mi había un hombre vestido de guerrero. Muy amablemente me preguntó:
- ¿Qué se le ofrece joven?
+ Vengo en busca de una mujer, a la que no conozco pero ella sabe de mi.
- ¿Cual es su nombre? Quizá pueda ayudarle.
+ Se hace llamar Gemini.
El hombre asintió, y me hizo un gesto para que me acercara a él.
- Ella se encuentra aquí, pero y usted joven, ¿cual es su nombre?
+ Me llamo Thorment, mi señor.
- Bien Thorment, si es tan amable de acompañarme, le llevaré con ella.
Asentí y seguí al hombre por aquel castillo, todo estaba en penumbra, escuchaba murmullos y risitas. Me sentía observado.
- No hagas caso, son las muchachas del imperio, sígueme ya casi llegamos. - Me dijo el hombre.Seguí caminando tras él y cuando paró frente a una puerta, tocó tres veces, al momento apareció una mujer con el cabello dorado como el mismísimo sol y sin dejar de mirarme empezó a decir:
- Ya has llegado, te estaba esperando, bienvenido Thorment. Gracias por haberlo acompañado hasta aquí, a partir de ahora ya es cosa mía. - Le dijo a aquella mujer - Pasa muchacho, no te quedes ahí.
Me hizo un gesto para que entrara en aquella habitación. Empezó a mirarme de arriba abajo, mientras asentía.
- No creí que fueras rubio, te recordaba con el cabello del mismo color que el de tu madre, castaño oscuro.
+ Jamás fui rubio, mi señora. Fue la noche siguiente en que asesinaron a mi madre que cambié mi forma y mi cabello se aclaró.
- Entiendo, todo estaba escrito, así debía pasar. Bien, tienes que descansar muchacho, mañana será un largo día para ti.
+Disculpe mi señora, ¿de qué conocía vos a mi madre?
- Muchacho, tu madre fue quien me mantuvo a salvo de todas aquellas personas que querían terminar con mi vida, ella me ayudó mucho durante unos meses. Me dio un techo, me dio comida... Ella me salvó de una muerte segura, hasta que llegué aquí.
+ ¿Y yo que hago aquí? No entiendo nada.
- Demasiadas preguntas por hoy joven, te traeré algo de comer y podrás acostarte para descansar.
+ Gracias mi señora.
Realmente no entendía nada, y porque tanto misterio, ese día comí mucho, pues hacía días que apenas tenia nada para comer. Comí hasta quedarme dormido en una silla.
Me desperté con la primera luz del alba, Gemini ya estaba despierta, y leía muy concentrada, así que intenté no hacer ruido y me levanté.
- Buenos días joven, espero que hayas podido descansar. Hoy vas a saber todo lo que hace días te estás preguntando.
+ Buenos días mi señora, creí que no me escucharía, pues anda muy concentrada en ese libro.
- Yo siempre me entero de todo lo que pasa a mi alrededor, así esté haciendo otras cosas. Come algo, te sentará bien, después te llevaré ante el emperador.
Me dispuse a comer algo, pues aunque la noche anterior comí demasiado, me había despertado con hambre. Le pedí amablemente si podía bañarme, ya que me sentía sucio. La mujer mandó que me prepararan en baño y allí pude limpiar toda la suciedad que tenía. Me dio bastante apuro, ya que una muchacha joven fue quien había preparado el baño y no se retiró ni un instante. Aún así me bañe.
Al terminar, aquella muchacha me preparó unas ropas limpias, olían tan bien... Cuando terminé de vestirme, fui de nuevo junto a Gemini, que estaba esperándome para presentarme al emperador.
- Date prisa muchacho, no debemos hacer esperar más al emperador.
+ Sí, mi señora.
- Acompáñame joven.
Seguí a Gemini por todo el castillo, hasta la sala principal donde estaba el emperador. Gemini se sentó a su lado, haciendo una reverencia mientras el emperador asintió. Me sentía nervioso y confundido. Realmente no entendía que hacía yo allí. Y tampoco entendía por que la mujer que me atendió se sentó junto al emperador.
- Mi amor, te presento a nuestro nuevo hijo, Th0rment, apenas llegó ayer. Él también tiene un don, que debemos ayudarle a dominar.
~ Bienvenido muchacho, espero que seas parte de nuestra gran familia, yo, el emperador Hemiter y mi esposa, la emperatriz Gemini, deseamos que te sientas como en tu casa.
+ Gratitud mi señor. Vengo de muy lejos y quedé sin familia, pues mi madre me dejó una carta en la que me decía que debía llegar hasta aquí.
~ Espero que todo sea de tu agrado joven y que pronto te unas a nuestras filas de combate y vayas progresando con el arma y sobre todo con tu don.
Agaché la cabeza como símbolo de cordialidad y esperé a que me indicaran que debía hacer. Mientras mi cabeza empezaba a encajar las piezas de aquel extraño puzle, mis nuesvos padres eran los emperadores de aquel imperio, yo realmente no era humano, era mitad hombre, mitad caballo...
- Hijo, ahora conocerás a varios de tus hermanos y ellos te guiaran por el imperio para que conozcas cada rincón.
Al momento aparecieron dos jóvenes bien vestidos, el muchacho tenía unas alas enormes y brillantes de color blanquecino, y la muchacha dejaba entrever unas orejas puntiagudas.
~ Ellos son tus nuevos hermanos, Samael y Anahí, un ángel y una elfa. Ellos te ayudarán durante tus primeros días aquí, para que aprendas y conozcas a tus otros hermanos y demás familia.
Asentí nuevamente y mis nuevos hermanos me acompañaron fuera de la estancia.
En aquel momento empezó mi nueva vida, con mi nueva familia, y mi nuevo yo, un centauro. Poco a poco fui haciendo progresos para dominar mi don y poder cambiar cuando la ocasión lo requería.
A los pocos días se celebró mi juramento hacia el imperio y la familia. Y desde ese día hasta hoy, juré honor y lealtad al imperio Guardianes de la Luz.

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